Redacción Sala de Guerra

De Jorge Luis García Pérez (Antúnez)

Por estos días en que los cubanos denuncian las barbaridades del régimen contra los encarcelados luego de las protestas en julio del 2021 destacamos algunos testimonios de presos políticos cubanos que cumplieron largas y terribles condenas en la isla por mantener una actitud frontal contra la dictadura.

A conctinuación compartimos desde su perfil de Facebook una crónica que forma parte de un libro publicado por Jorge Luis García Pérez (Antúnez).

CRONICAS DEL PRESIDIO. 14 MESES DE AGONIA

Cuando a principios de abril de 1991 llegué a la entonces pri-sión provincial “El Pre” en Santa Clara, conservaba aún huellasvisibles de la brutal paliza que semanas antes recibiera junto al preso político Iván Emilio Espinosa Pérez. Estaba muy adolorido, con muchos hematomas y contusionesde los que pensé nunca recuperarme. Al Pre llegaba en total rebeldía; vistiendo solo “calzoncillos”, posición por la que fui apaleado con saña brutal y enfermiza.

Conocía por referencia la difícil situación que les tocó enfrentar en Cuba a aquellos indomables plantados, quienes durante aquellasdécadas de barbarie escribieron tantas páginas de heroísmo y re-sistencia y pensaba: “aunque ahora la coyuntura es otra, son losmismos verdugos y sus objetivos siguen siendo “rendir por tor-tura la dignidad y los principios”. Se me ubicó en una inmunda y reducida celda de castigo, entotal penumbra y una higiene que dejaba mucho que desear.

El agua para bañarse escaseaba ex profeso, lo que provocóque pronto me atacara la escabiosis, hongos, lexemas y otrasafecciones dermatológicas que me hacían extremadamente difícil la existencia; pero la verdadera agonía comenzó cuando las neu-ralgias dentales hicieron su aparición.

Desde los 6 años de edad no recordaba haber visitado un den-tista, mi higiene y estado bucal fue hasta ese momento satisfac-torio y jamás por mi mente pasó la idea de estar semanas ysemanas sin poder cepillarme los dientes o bañarme por falta deagua, o solo con esta al retirarme todas las pertenencias incluidasel jabón, cepillo y pasta dental.

Solo aquel que ha sufrido algún dolor de muela es capaz decomprender cuanto padecí durante aquellos terribles días y no-ches por espacio de meses.

“Para llevarte al dentista primero tienes que ponerte la ropade preso” o “nosotros sí te damos atención médica, solo con lacondición de que te pongas la ropa”, eran algunas de las respues-tas que recibía de los gendarmes ante mis reclamos.

El puesto médico se encontraba entre unos 50 o 60 metros delas celdas, y allí la consulta estomatológica (todo dentro del in-terior penal).

Mientras tanto; ideaba y ponía en práctica disimiles formaspara mitigar el dolor. No pedía la más mínima clemencia, soloser atendido, amparado en el derecho que como ser humano measistía. Esta respuesta y reacción de mi parte los irritaba sobre-manera, por lo que redoblaban su tortura.

Muchas veces, y sin que nadie lo escuchara, le daba con lacabeza a la pared e incluso al enrejado de la puerta con el propó-sito de ocasionarme un dolor mayor que el dental y de esa maneradescansar del más molesto y torturante.

Otras veces me ponía cantar o conversaba conmigo mismo,parecía que iba a enloquecer, pero no me quedaba otra alternativaque resistir, preferí morir o volverme loco antes que rendirme amis verdugos.En oportunidades, fundamentalmente en horas diurnas,cuando el dolor desaparecía, meditaba sobre la capacidad de re-sistencia humana y me preguntaba del por qué la ciencia no habíainventado un remedio, algo así como una vacuna, que inmunizaracontra el dolor.

Eran tontas y vagas divagaciones de un doliente;pero que solo Dios sabía porqué no enloquecía.Por otro lado, de nada valían mis reclamos.

Acudir a la huelgade hambre sería alimentar el martirio. Ponerme a gritar hasta queme atendieran o me mataran a palos sería mostrarles desespero.Aquella posición de plantado la tomé por decisión propia y prevícon tiempo de antelación lo que me esperaba.

No podía doblarla servid, al adversario siempre quiero poderlo mirar de frente, ya los ojos, sin que nadie pueda hacerme bajar la vista (pensabapara mis adentros).Los terribles dolores de muela me habían hecho olvidar deque también y bajo la misma humillante condición, se me negabael derecho a tomar sol.Hubo momentos en que estuve a punto de extraerme la muela(cordal) con algún gancho o alambre e incluso con la misma cu-chara que me daban y me retiraban después de los horarios dealmuerzo y comida.En más de una ocasión, con el gancho y alambre listo para laoperación dentista, me faltaba el valor para hacerlo; porque se-guramente me dominaba el temor inconsciente de sucumbir allíaislado desangrado (por hemorragia), hecho que tratarían dehacer pasar luego por una autoagresión o suicidio.—Vamos, Antúnez, venimos a buscarte al fin te sacas la muelay ya sales de eso. Apenas salía al pasillo, me tiraban a los pies un short y camisade preso.—Bajo esa condición no voy.

A todo este calvario, se sumaban las diarias y abundantes fil-traciones que desde el techo de la celda caían; las que mojabanel suelo, así como los libros y las pertenencias, las pocas vecesque me las permitían durante aquella cruel odisea en la que siem-pre dormí mojado.

Ahora, al cabo de los años, no puedo dejar de pensar cuantohabrán contribuido todas aquellas torturas y tantas otras, a mi ac-tual deterioro de salud, sobre todo en lo que se refiere a las afec-ciones respiratorias.Cuando por fin cedieron y no les quedó otra acción que aten-derme, ya estaba como hipnotizado, era como si el dolor formaraparte de mi propio ser.

Al puesto médico de la prisión llegué una mañana de los úl-timos meses del año, llegaba con mi uniforme de plantado, cal-zoncillos y camiseta ambos blancos, estaban roídos, ajados yvisiblemente percudidos, pero para mí representaban la pureza,la convicción de la decisión tomada y me sentía entonces, a pesarde la exagerada delgadez, demacrado del rostro y mi andar lento,el hombre mejor vestido del mundo.

Allá me esperaban, ya estaba ganada una parte muy impor-tante de la batalla, pero luego dudé, dudé en que aquellos verdu-gos de bata blanca, fueran verdaderamente a realizarme laextracción, al verme sentado en el sillón dental me dije para mí:“Si este se arrepiente o me dice que se acabó la anestesia o quela muela no puede sacarla por alguna razón, de seguro que agarrouno de esos alicates y me la saco yo mismo, de todos modos –seguí meditando– estoy aquí dentro de la enfermería y no les que-dará más remedio que hacer algo”.

El anestésico no funcionó debidamente, pues sentía muchodolor cuando salía la pieza. Nada dije, porque era insignificanteen comparación con la tortura de la que me libraba.

Al regresar a la celda, me sentí como un niño que recibe unregalo, esa tarde y noche y la mañana siguiente pude dormircomo hacía mucho no lo hacía. A veces me despertaba con la sen-sación del dolor, pero me daba cuenta que era parte de un dolorcimentado en lo más recóndito del inconsciente y volvía a con-ciliar el sueño con placer pueril.

Era tanto el alivio, que apenas sentía a mis diarios visitantes,las plagas de mosquitos, cucarachas, ratones y otros roedores einsectos ya acostumbrados a la convivencia conmigo.Tampoco parecían molestarme las incesantes gotas de aguaque caían del techo, así como la humedad del suelo y paredes.

Mi alivio había llegado al sorprendente extremo que tampocorecordaba –ni me importaba– que desde que llegué a esa prisióny por ordenes de la dirección del penal, se había orientado contrami persona una drástica reducción del alimento.

El hambre severay constante había pasado a ser una tortura de segundo orden e in-significante en comparación con las terribles neuralgias. Igualsucedía con la penumbra que me impedía leer y escribir, fuerade noche o de día, también con la sed y la necesidad de bañarme.Era como si la maldita y recurrente “teoría del mal menor” sehubiera apoderado de mí.¡Seguía incomunicado de todo y de todos!Pero a partir de esos momentos se me aplicaría otra presiónde índole psicológica, basada en el sentimiento familiar y fue mienferma madre, en esa oportunidad, la carnada utilizada.

Como es de suponer, en posición de rebeldía total o plantado,no me permitían visitas familiares ni de otro tipo. Cada juevesmi madre llegaba hasta la prisión con el objetivo de saber de misituación y enviarme una carta o nota con el jefe de destacamento–“estrecho colaborador de la seguridad del estado”–, Fidel elChino, quien le decía a ella que si yo me ponía la ropa me dabanvisita en el acto.

Sus cartas estaban cargadas de inocentes ruegosy súplicas; sus contenidos eran conmovedores.“Hijo mío, por favor, ponte la ropa que necesito verte”. “Mevoy a morir con los deseos de verte, estoy muy enferma”. “Si túme quieres de verdad, por favor te pones la ropa y después quenos veamos te la vuelves a quitar si quieres”.

Esos y tantos otros ruegos, eran los que me enviaba cada jue-ves.¡Un jueves también había sido mi arresto!—Antúnez –me dice un jueves el tal Fidel antes de entre-garme la carta–, que pena me dio hoy con tu mamá.—Sí, ¿y eso por qué? –le respondí lacónico.—Porque ella se quedó llorando allí afuera y me pidió que sipodía retratarte para al menos verte por foto.—¿Ah sí? –le dije disimulando el dolor, pero con firmeza ysobre todo convencido de cuanto manipulaban los sentimientosde mi madre–. ¿Y por qué entonces no me llevas a verla?—¿Y tú quieres ir?—Claro que quiero, ella es mi madre, ¿no?—Bueno, entonces ve preparándote, que ahorita vengo a bus-carte“.Bueno –me quedé pensando– sea verdad o mentira, me irépreparando.

Para bañarme solo contaba con 2 pomos de 1500 ml cada uno,lo suficiente en comparación con otros días que tenía menos o ninguna para bañarme y cepillarme los dientes. Primero lleno mivasito de agua, de manera que luego del baño tuviera algo parala higiene bucal.

Cuando concluí con las tareas higiénico sanita-rias y me puse el uniforme (calzoncillo y camiseta), notaba que

solo había revuelto la churre y que además, llevaba impregnadoen la piel el típico olor a calabozo; transpiraba los olores de oriney heces fecales provenientes de un servicio (turco) que apenas sehigienizaba.Al rato siento un ruido de llaves y me incorporo de la cama,era un oficial joven que frente a la puerta de la celda me dice:—Vamos que El Chino te está esperando en la oficina del so-lero pa’ llevarte a la visita.—En efecto, al llegar al lugar estaba Fidel El Chino junto aotros tres oficiales, quienes se mostraban más risueños y cínicosque de costumbre.—Antúnez –me dice– al fin vas a poder ver a tu mamá, lapobre, debe estar loca por verte; ya la pasé al salón de visita, allídebe estar esperándote.No le respondí, preferí mantenerme a la defensiva.—Bueno Antúnez –me dijo otro oficial acercándose e inten-tando poner su mano en mi hombro– pero pasa primero por aquí–agregó señalando la oficina donde sobre una mesa podía distin-guirse un bulto envuelto en nylon–. Dale para que te vistas co-rrectamente, porque en esa facha y tan flaco; no querrás entrar aun salón de visita y que te vea así tu mamá.—¿Cómo que me vista? –dije comprendiendo al instante elmontaje.—Espera, Antúnez –señaló El Chino acercándose–. No es loqué tu piensas, ahí te traemos un short de civil, solo tienes queponerte la camisa de preso.—No hemos hablado nada –me limité a responder y me en-caminé de regreso a la celda.—Espera, Antúnez –me dijo otro oficial que denotaba en surostro frustración–. Oye compadre; por ponerte esa camisa novas a dejar de ser quien eres.—Dije que no hemos hablado nada.—Antúnez, hazlo por tu mamá y si quieres en el salón te que-das en camiseta. Oye, compadre, si lo que vas a caminar con esacamisa puesta son unos metros.—Dije que para mi celda.

Al regresar a la celda me auto incriminé con fuerza ¿Cómopude ser tan ingenuo para no percatarme antes de esa jugarreta? En lo adelante me negué rotundamente a recibir aquellas car-tas y notas de mi madre, y le hice saber por terceras personas quepor favor, no fuera más por allá, que no se dejara manipular deaquella forma, porque así nos hacíamos daño ambos.

Y dándole ánimo le aclaré que cuando yo fuera a desistir del plante a ellasería la primera persona que se lo haría saber enfatizándole quese lo haría personalmente o escrito de mi puño y letra.

Ella, la pobre, con su muy escasa instrucción e información y sobre todo, sin suficiente cultura política, no podía comprenderel porqué de aquella postura asumida por mí.

Esa situación me dolía y martirizaba en extremo, pero nopodía ceder ante fuerzas, imposiciones ni chantajes y por otraparte, “algún día –meditaba– ella comprenderá el porqué de mi paso, la justeza de mis ideas y la razón de tanto sacrificio”.

En mi fuero interno conjeturaba para auto fortalecerme y darmeánimo.¿Quién o quiénes eran los culpables del sufrimiento y dolorde mi madre? ¿Yo? De ninguna manera, en primer lugar mi pri-sión es injusta y en segundo lugar, no soy el que me niego a verla,son ellos los que pretenden ponerme condicionamientos humi-llantes e inaceptables.¿Hubiera sido inteligente y digno haberme puesto aquella ca-misa?No, soy un preso político y un soldado de la libertad y los de-rechos humanos. ¡Coño, yo nací un diez de octubre y por misvenas siento correr la sangre de aquellos negros que secundarona Céspedes en el ingenio la Damajagua! Además, ella es mi madre y la adoro como a nadie en estemundo, pero ella no es la única que ha sufrido y sufre. Cuántas otras también se han consumido en más de 30 años de tiranía.Luchaba conmigo mismo, eran mecanismos de compensaciónpsicológica, tan necesarios cuando se está aislado, incomunicadode todo y todos. Cuando no está el aliento del amigo cercano o lejano, la cartade un ser querido; bloqueados los accesos a la comunicación y ala noticia; en fin, estaba desprovisto de muchas cosas que nece-sita el ser humano para vivir. Solo contaba con Dios, con la fe en mis propias conviccionesideológicas y morales no era todo, pero me eran claves para re-sistir y dignificar aquel calvario, lo que traté de hacer mientrasduró. Quién sufre por Dios y por su Patria –había dicho Martí– eneste u otros mundos tendrá verdadera gloria.

Tal cúmulo de reflexiones mitigaron sobremanera el sufri-miento.Por aquellos días había escrito en la pared un grafiti que re-zaba “Lo que no me mata me fortalece”; célebre frase del notable filósofo Alemán Frederick Nietzsche, letrero que primero inten-taron que borrara a fuerza de palos y patadas, al no lograrlo ycasi inconsciente de tantos golpes, cargaron mi cuerpo y con élrasparon el letrero.

En varias oportunidades tuve que pasar la noche y madrugadasoportando el sereno e incluso el crudo invierno, esposado al cer-cado del solero por negarme a ponerme de pie al paso del re-cuento diario o ante la presencia de algún oficial “provocador”quienes a cada rato llegaban a importunarme durante aquellosdantescos y largos meses que estuve plantado.

Fui brutalmente golpeado por un interminable número de gen-darmes, entre los que se destacaron por su saña Denis, Barrio,Pozo, los hermanos Jiménez, Machado, Orelvi, y Sosa, él que enuna oportunidad estuvo a punto de asesinarme si mi cabeza llegaa impactar contra un muro al que me lanzó en represalia por pro-testar cuando llevaba no sé cuantas semanas sin bañarme y casitres días sin beber agua, como resultado de una supuesta falta deesta.

Además, pedía ser atendido porque producto de dormir en elsuelo mojado presentaba fiebres nocturnas.A finales del mes de marzo de 1992, llega a mis manos unasorpresa.

Mis hermanos en las Alambradas de Manacas habían logrado romper el cerco logrando que una nota llegara a mi celda. Ellos, muy preocupados por mi situación, me hacían saber que atodos los presos de la provincia los habían ubicado en aquellaprisión en un área separada de los presos comunes. Se referían al otrora Cubículo 9, donde hasta hacía poco te-nían destinado para los casos de medida de seguridad. Tambiénme instaban de que era importante salvar mi vida y salud de aquelcalvario.

En la citada nota me recordaban que meditara en elhecho de que mi fundamental demanda: un área para presos po-líticos, ya era una realidad, aun cuando no fuera tal vez mi acción,lo que motivó a las autoridades a concederlo. Aunque comprendí todo lo que mis hermanos me decían, leshice saber verbalmente con la misma persona que entregó sunota, que si llegara a Manacas lo haría como mismo había salidode allí, en calzoncillos y descalzo; aunque también me decíanque por la ropa no me preocupara, que ellos en su mayoría vestíancon ropa de civil.

En efecto, en esas condiciones y circunstancias y en posiciónde plantado que no abandoné hasta mi excarcelación, regresé el13 de abril del año 1992 a la triste celebre prisión “Alambradasde Manacas”, donde me reencontré con muchos hermanos y co-nocí a otros. Éramos en total 21 y formábamos una sólida y gran familiadentro del Cubículo 9.

Pero aquella grata convivencia fue efímera y hasta el mes deseptiembre, que fue cuando los órganos de represión política dela provincia nos disolvieron a todos dentro de la población penalcomún.Vendrían nuevas y difíciles batallas…