Rumbo a Banana Republic?

 Por: Pedro Corzo

El humorista y escritor estadounidense, O Henry, quien inventara el término, “República Bananera” para denostar algunas naciones latinoamericanas por el gran número de deficiencias que acumulaban, estaría muy decepcionado ante el deterioro que se aprecia en los valores y normas que caracterizaron favorablemente a su país natal.  

Admiro profundamente a Estados Unidos, lo considero la última frontera de la libertad y del progreso sin barracones de esclavos, pero es evidente que son muchos los detalles que dejan avizorar la quiebra de algunos de sus fundamentos más importantes y el fortalecimiento de males como la codicia, la negligencia y el resentimiento, dolencias siempre presentes, pero que al parecer están extendiéndose y enraizándose vertiginosamente.  Es un deber de todos impedir que la molicie en su manifestación más vil, el desprecio, corroa un país que nos acogió generosamente. Este país es grande por su fortaleza económica y militar, pero lo que lo hace único en la historia universal, es su capacidad de darle al ciudadano la oportunidad de concretar sus sueños a través del trabajo honesto, de ahí la expresión del “sueño americano”.  El marxismo y el populismo, los más fecundos promotores de quimeras, han demostrado ser un fiasco. Sus promesas concluyen en pesadillas para aquellos que les creyeron como se aprecia en Cuba, Venezuela y Nicaragua. Invariablemente logran lo contrario de lo que se proponen, imponen la miseria donde había riquezas. Sin embargo, en esta sociedad se llega a “pie y descalzo”, remedando a Roa el patriota, no al traidor de Raúl Roa, el canciller de Fidel Castro y a través del trabajo se progresa.  La mayoría de las personas tendemos a pensar que las grandes naciones se desploman por guerras extranjeras y en realidad no es así. Roma no cayo exclusivamente por los ataques de los llamados barbaros, sino por la insensatez de sus ciudadanos.

El Zarismo y el imperio soviético quebraron por consunción, se agotaron por sus desvaríos, situación que se podría repetir aquí sino se rescatan los valores tradicionales de esta gran nación. Estados Unidos ha extendido, su influencia a todos los rincones del orbe. Sus éxitos están afincados en sus inventos, en la capacidad creativa de sus empresarios de aceptar e impulsar nuevas ideas y en la indiscutible habilidad de sus gerentes de implantar formas novedosas de entretenimiento. Los tanques pueden enmohecer y los aviones ser derribados, sin embargo, las franquicias de establecimientos de comida rápida y servicios de “streaming” originados en este país cada día se extiende más, haciendo que el “american way of life” o “estilo de vida americano” sea más poderoso que el arma nuclear más devastadora.                   

No obstante, todas esas ventajas están en peligro si los principios de convivencia que caracterizaron a Estados Unidos se desvanecen y se imponen en nuestras vidas, la avidez empresarial, la desidia en la administración y el rencor entre los ciudadanos.  Hay muchas de estas situaciones presentes en nuestra vida diaria. Un ejemplo es la avidez por las ganancias. Buscar nuevas formas de lucro cuando ya hay dividendos a favor es expoliación.  En el pasado la compra de un boleto de avión incluía el asiento de su preferencia en la categoría de vuelo que le permitía su bolsillo, más el equipaje. Hoy debe pagar por el asiento de su predilección y la maleta, además, apenas le dan de comer y lo que desee debe pagarlo. Más ejemplos, el otrora rápido servicio postal estadounidense está más lento y caro, ir a una oficina de la administración pública puede ser una lamentable experiencia porque la atención de no pocos empleados es negligente y despectiva y no hablar de las consultas médicas en las que su espera puede entenderse por dos horas o más sin que se presenten emergencias.

Había padecido todas esas experiencias con pesar, pero la más desagradable de todas fue el pasado “Día de Acción de Gracias”, cuando después de haber reservado y pagado en un establecimiento con varios días de antelación la cena, el administrador del lugar ante la falta de un alimento le dijo festinadamente a mi esposa que eso ocurría en todas partes y ante mi insistencia de que esa no era una respuesta, me dijo pretorianamente que si seguía protestando me cancelaba el pedido. El señor de nombre Alejandro, al preguntarle su apellido me dijo que él era todo en ese lugar y que cualquier reclamación terminaría en él, un remedo triste de Yo el Supremo. 

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